Apoteosis de los Héroes de la Independencia
Un catafalco efímero en Palacio Nacional, 1910
David A. Figueroa Hernández*
Para 1900, el general Porfirio Díaz y su gabinete ya habían mostrado su capacidad para dirigir al país con su lema de “poca política y mucha administración”, aseveración con la que se presentaba un México que no sólo se enorgullecía de su pasado, sino que veía hacia un futuro prometedor, moderno, de la mano de su principal caudillo.
Los festejos para celebrar el Centenario de la Independencia debían de ser majestuosos y el mundo sería testigo del avance nacional. Entre los principales proyectos arquitectónicos que se edificarían para dicha festividad, se encontraban el Palacio de Correos, el de Obras y Comunicaciones, el Teatro Nacional, el Panteón Nacional, la Columna de la Independencia, además de que se preparaba un Palacio Legislativo Federal que albergara a ambas Cámaras.
El arte y la arquitectura fueron un binomio que permitiría al régimen no solamente la edificación de grandes colosos de hierro, sino dar un toque estético al estilo europeo, principalmente francés o italiano. Cada una de las estructuras guardaba un énfasis especial. En el caso de proyectos como el Panteón Nacional y la Columna de la Independencia, aseguraban, por un lado, el engrandecimiento de los héroes que nos dieron patria y libertad –principalmente el cura Miguel Hidalgo–, y por otro, la realización de una rotonda majestuosa en la que descansarían los restos de los principales insurgentes; aunque cabe aclarar que la Columna de la Independencia no fue creada originalmente para ser una cámara mortuoria.
En esta época el porfirismo vislumbra su modernidad arquitectónica pensando en las grandes edificaciones al estilo de la Francia napoleónica. A su vez, se engendraría un nacionalismo sobre las bases del amor a la patria; en cada uno de los estados de la República, la Federación sugeriría y supervisaría los festejos y las construcciones de obras en honor a los próceres. Fue así como la élite porfirista ensalzó a militares, escritores y eruditos.
De acuerdo con el historiador Guillermo Brenes, “los liberales pensaban que México no podía fundarse ni en las antiguas raíces mesoamericanas ni en los siglos oscuros del Virreinato”. Por su parte, el investigador Arnaldo Moya señala que fue muy importante este tipo de enseñanza y la difusión de la historia patria como símbolo cultural de la época.
En 1908, cuando la administración de Díaz se encontraba en la recta final de planificación de los festejos, se decide declinar la construcción del Panteón Nacional, lo que requería proyectar otra opción que fuera viable y que relevara a tan importante mausoleo. Así nació la idea de construir un catafalco efímero con el que se rindieran honores dignos de nuestros insurgentes.
El catafalco a los héroes
Se proyectó que el cierre de las conmemoraciones del Centenario fuera un soberbio y magno homenaje a los héroes, por lo que la llamada “Apoteosis de los Héroes y Caudillos de la Independencia” se pensó para llevarse a cabo entre el 15 y el 17 de septiembre. No obstante –por cuestiones que no se especifican–, tuvo lugar hasta el 6 de octubre de 1910, en el patio central de Palacio Nacional.
El responsable de este gran catafalco erigido como un altar a la patria fue el arquitecto Federico Mariscal, a quien el Supremo Gobierno había encargado un monumento funerario con carácter efímero que diera fin a los festejos. Con ello cerraría el Centenario de la Independencia; además sería el último gran evento de la era porfiriana antes del movimiento revolucionario. El historiador Guillermo Brenes escribió:
La pompa ceremonial de las fiestas del Primer Centenario de la Independencia que ensalzaban en la figura del general Díaz la memoria oficial, los vistosos desfiles alegóricos y procesiones cívicas, la inauguración de monumentos en bronce, mármol y granito que reflejaban las glorias y el poder de la nación, la misma actitud maniquea de veneración por los héroes (Hidalgo, Allende, Morelos, Aldama, Abasolo, Juárez y otros) y de repudio por los antihéroes (Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Anna y Maximiliano de Habsburgo), todo ello contribuía a develar la complejidad, y en último término, la verdad de la historia del siglo XIX mexicano. […] La Apoteosis, originaria de la mitología de la Antigüedad clásica, consistía en la posibilidad que tenían los mortales más egregios de entrar a formar parte del “Olimpo” histórico y adquirir así el pasaporte a la inmortalidad. Dentro de una estructura jerárquica, la Apoteosis fue una ceremonia cívica de carácter oficial y elitista, de allí la presencia de don Porfirio Díaz y las esferas civiles, militares y eclesiásticas de la nación.
Durante la velada en Palacio Nacional se contó con la presencia de poco más de 10 000 personas, entre las que figuraban el general Díaz, su esposa y su Estado Mayor, así como miembros de su gabinete y otros altos funcionarios, personal diplomático e invitados especiales; cada uno de ellos ataviado con sus mejores galas.
Al entrar al patio principal, los visitantes se impresionaban ante el monumento, ya fuera por su majestuosidad o por su altura, ya que sobresalía sobre la azotea de Palacio Nacional. En este sentido, toman especial relevancia los materiales que se ocuparon para su edificación; según los investigadores Noelle y Schavelzon, “el monumento fue totalmente construido con madera, hierro, tela y cartón pintado”.
La ceremonia inició en punto de las veinte horas con la entonación respetuosa del Himno Nacional a cargo de la orquesta del Conservatorio Nacional de Música, compuesta por 150 profesores y una masa coral de 400 voces; posteriormente se escuchó la Marcha heroica de Camille Saint-Saëns y la marcha fúnebre El crepúsculo de los dioses, de Richard Wagner.
Los discursos recayeron en tres distinguidos oradores: don Enrique C. Creel, secretario de Relaciones Exteriores; don Agustín Rivera, doctor de la Universidad Nacional de México, y don Justo Sierra, secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes.
En su intervención, don Enrique Creel hizo alusión a los héroes y caudillos, incluidos aquellos menos conocidos, reconociendo el movimiento iniciado por el cura Hidalgo. Así lo atestigua la Crónica Oficial de las Fiestas del Primer Centenario de la Independencia de México, escrita y coordinada por Genaro García:
A ellos venimos a rendir culto y a tributar homenaje; ante sus imágenes, redivivas en la memoria del pueblo mexicano y palpitantes en su corazón, como ante sagrados íconos, doblamos la rodilla; y puestas en lo alto de nuestras almas, entonamos el hosanna triunfal y glorificador de nuestros héroes y de nuestros mártires.
En cuatro grandes grupos los glorifica la Historia: los precursores, en el martirio algunos de ellos, como Talamantes y el Licenciado Verdad; los iniciadores, a cuya cabeza se halla Hidalgo, que el amor del pueblo llama “Padre de la Patria”; los continuadores, que Morelos y Mina acaudillaron, y los consumadores, entre los que descuellan Iturbide y Guerrero.
Por su parte, el presbítero don Agustín Rivera resaltó: “Si yo hablara ante un Presidente de la República como don José Justo Corro (a quien traté) o don Javier Echeverría, ni lo mentaría, teniéndolo como pintado en la pared; pero al hablar un orador ante un Victoria, un Juárez o un Porfirio Díaz, dejar de presentarle un testimonio de respeto en el exordio, que es la salutación al auditorio, no lo permiten las reglas de la oratoria ni el ejemplo de los oradores clásicos, como Cicerón y Bossuet”.
Con estas alusiones quedaba muy claro que no solamente se homenajeaba a las figuras independentistas y de la Reforma, como Hidalgo y Juárez, sino que la culminación de los esfuerzos nacionales desembocaban en el último caudillo del siglo XIX: Porfirio Díaz. Sin duda alguna, la figura del presidente tendría que coronar el acto mediante la humildad que se requiere ante quienes ofrendaron su vida por México. Genaro García lo relata solemnemente: “Porfirio Díaz se dirigió al catafalco, subió la escalinata que conducía al primer tramo de la pira, se detuvo frente a la gran lápida en que estaba inscrita la palabra Patria, y en nombre de la República depositó una hermosa corona de laurel, ofrenda piadosa de la Nación entera a los héroes de la Independencia”.
Mañana será otro día
De esta manera, las fiestas del Centenario concluirían de una forma grandiosa y monumental. Terminada la ceremonia, se procedió a desmantelar tan magno catafalco. Debido a los materiales usados, no dejó huella en años subsecuentes. Así, los restos de los insurgentes volverían, por otro periodo de tiempo, a la Catedral Metropolitana, donde morarían hasta ser trasladados al interior de la Columna de la Independencia en 1923.
La relación entre arquitectura e historia propia del régimen permitió que se avizorara un México moderno, pero con raíces fuertemente acendradas. Asimismo, el fuerte apoyo dado a la instrucción por parte de Justo Sierra, permitiría al Porfiriato sentar las bases de una educación que prácticamente había sido precaria desde el México independiente. Un nacionalismo vigoroso fue uno de los grandes aportes que dejó la era porfiriana.
Para el historiador Arnaldo Moya, “la ‘Apoteosis’ clausuró con peculiar solemnidad el Centenario toda vez que no tuvo parangón –como ceremonia– con la protesta para el último periodo presidencial de Díaz, el 1º de diciembre del mismo año. La ‘Apoteosis’ fue la última gran ceremonia del Porfiriato. El México porfiriano coronaba con éxito su meta de encontrar un sitio entre las naciones al mismo tiempo que entonaba su canto de cisne”.
Fuentes:
• Guillermo Brenes, “Héroes y liturgias del poder: la ceremonia de la Apoteosis. México, 6 de octubre de 1910”, Revista de Ciencias Sociales, núm. 106, Universidad de Costa Rica, 2004. Disponible en: http://bit.ly/1dQSP0m
• Arnaldo Moya Gutiérrez, Arquitectura, historia y poder bajo el régimen de Porfirio Díaz. Ciudad de México, 1876-1911, México, CONACULTA, 2012
• Louise Noelle y Daniel Schavelzon, “Monumento efímero a los Héroes de la Independencia (1910)”, Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, núm. 55, México, UNAM, 1987. Disponible en: http://bit.ly/1jOFE8u
• Genaro García, Crónica Oficial de las Fiestas del Primer Centenario de la Independencia de México, México, Secretaría de Gobernación, 1911
Al final de los discursos, la poesía declamada por don Justo Sierra terminó por dar el toque solemne a la Apoteosis. Aquí un extracto:
[…]
¡Oh! Padres que en nosotros vivís, ¡oh! ¡Padres nuestros!
En triunfar de la suerte y del dolor maestros,
y en cuanto eleva a un pueblo de su ideal en pos;
una vez algo eterno pasó por vuestras frentes,
os sentísteis gigantes, fuisteis “los insurgentes”...
[...]
Que el sol del Centenario ilumine el camino
de la falange heroica que vencerá al destino
fecundando la tierra y domeñando al mar.
¡Voz del apoteosis, que brotas de la historia,
lleva hasta nuestros padres, como un canto de gloria,
la vibración inmensa del alma popular!