LA EDUCACIÓN MEXICANA ¿EN CRISIS?
David A. Figueroa Hernández
Académico
Sin duda alguna, el sistema político mexicano tiene muchas y diversas deudas con la población y uno de los más sensibles es sin duda la educación.
Cada año más estudiantes ingresan al sistema educativo nacional pero también y cada vez más frecuente, un mayor número de niños y jóvenes no finalizan satisfactoriamente su proceso educativo al concluir con una sólida formación que les permita graduarse de una carrera universitaria. ¿Cuáles son los motivos? Diversos y complejos.
En primera instancia, debemos reconocer que una educación sólida siempre coadyuva en el desarrollo y transformación de una sociedad y de un país. En este sentido, no tenemos mucho de qué sentirnos orgullosos, al menos durante las últimas décadas. Cuando un niño ingresa al sistema educativo lo hace gustoso y conforme avanza de grado, se percata de lo importante que resulta adquirir conocimientos; esto se vuelve un poderoso estimulante. Sin embargo, en muchas ocasiones, la vida familiar y las condiciones sociales en las que ésta se ve inmersa, lo orilla a dejar la escuela, en ocasiones por motivos laborales (a temprana edad) y, en otros, por una serie de factores externos tales como la poca orientación magisterial así como el exceso conocimientos que aturden en lugar de incentivar, lo que fomenta la técnica de memorizar en lugar de analizar, esto desemboca en una educación cambiante y trunca.
En este sentido, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda que se llevó a cabo en el año 2010, existen 19.8 millones de personas entre los 6 y 14 años, de ellas, 18.7 millones asiste a la escuela. Así, el promedio nacional resultó que 94 de cada 100 niños –en el mismo rango de edad- asisten a la escuela. No obstante, las cifras varían en cada entidad federativa, por ejemplo, en estados como Hidalgo, Tlaxcala y el Distrito Federal, 96 de cada 100 niños (misma edad) asisten a la escuela, pero en estados como Chiapas, solamente asisten 91 de cada 100. Esto resulta preocupante.
Todavía más preocupante cuando en el mismo Censo, del total de la población nacional de entre 15 a 19 años el 43% no asiste a la escuela. Por otra parte, en el rango de 20 años y más, el promedio de jóvenes que asisten a la escuela es de 5 por cada 100, es decir, un total de 3 millones 536 mil 369.
Por otra parte, como segunda arista, el sistema educativo tiene en México un factor imprescindible: los docentes. Sin duda el maestro es la columna vertebral del actual sistema de enseñanza aunque, desde un particular punto de vista, el sistema educativo nacional está centrado en él cuando debiera estar objetivado y centrado en el estudiante. Pese a ello, un estudio llevado a cabo en el 2014, arrojó que en el país existen -según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y la Secretaría de Educación Pública (SEP)-, casi un millón de docentes aunque esta cifra no está totalmente certificada (¡es increíble que la institución encargada de la educación no sepa cuántos docentes existen!), los cuáles, se encargan de educar a 25 millones 777 mil 384 alumnos en todo el país.
En el mismo sentido, es importante evaluar nuestro proceso de enseñanza pero más aún, resulta necesario reconsiderar la planificación para las diversas evaluaciones y estándares de certificación de la enseñanza. Desde un personal punto de vista, la participación en evaluaciones como son el Programa Internacional de Evaluación a los Alumnos (PISA) y la Prueba Enlace, más allá de centrarse en ser un referente, se exige al estudiante y al docente, un proceso de constante evaluación desechando el tiempo que debiera estar dedicado a la enseñanza-aprendizaje. Para un examen a cualquier nivel, se estudia; para una evaluación internacional, se diseña con estrategia integral. Nunca sobre la marcha. Esto se ha venido reproduciendo al menos, los últimos cinco sexenios.
En tercer lugar, aunque con notables y distinguidas excepciones, el sistema educativo cuenta con un sindicato de profesores que ha sido resultado de un centralismo tan poderoso que lo ha llevado a decidir qué, cuándo y de qué forma se debe enfocar la educación nacional. El poder que la Secretaría de Educación Pública ha delegado en las últimas tres décadas, ha permitido que el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y peor aún, su variante derivada en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), hayan convertido -insisto, sin generalizar- en un grupo que más allá de interesarse por la educación lo hacen por los intereses personales, de grupo y hasta políticos.
En cuarto lugar, el núcleo fundamental de la educación sigue siendo la familia. Esta pequeña institución es imprescindible en la vida de los mexicanos ya que incorpora, al tiempo que fomenta, los valores en los niños y jóvenes; conceptos importantes como solidaridad, honestidad, cooperación, entre otros, que cada vez encuentran menor eco debido a la lejanía de la educación que debiera estar coordinada en tres pilares fundamentales: estudiante, docente y padres de familia. Estos últimos juegan un rol importante en la educación de sus hijos y se vuelven referentes a seguir por parte de ellos. La educación comienza desde el hogar.
Finalmente, cabe decir que la enseñanza no se mejora con más horas en el pupitre sino con calidad de enseñanza y estudio. Para ejemplo contrastante, tenemos los países escandinavos y asiáticos que además de ser los primeros en las evaluaciones internacionales, no recurren a implementar más horas de estudio, al contrario, perfeccionan lo que ya tienen y se enfocan cuidadosamente en lo que el estudiante necesita. En México debiéramos de repensar la educación: una estrategia educativa integral y no malabarismos mediáticos.
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