MEMORANDUM Sobre el Proceso del Archiduque Fernando Maximiliano de Austria. La historia nacional habla del Segundo Emperador de México, Fernando Maximiliano de Habsburgo, como un personaje que vino a México buscando una aventura que no pudo acuñar en Europa por diversos motivos ya fueran familiares o militares. Sin embargo, es uno de tantos, que la historia no ha sido condescendiente con su paso histórico por nuestro país. Para muestra, esta lectura sobre sus últimos días.
El Emperador austriaco, nombró para su defensa a Mariano Riva Palacio y a Rafael Martínez de la Torre, quienes empeñados en reunir las pruebas de su defensa, hicieron gala de los diferentes atropellos que se siguieron para condenar a muerte a Maximiliano de Habsburgo. El Gobierno que decía respetar la ley y la Constitución, la violó para condenar a este simbólico personaje.
La presente obra narra explícita y jurídicamente cómo después de su captura en el estado de Querétaro, el Supremo Gobierno de la República, encabezado por el entonces presidente Benito Juárez, sentencia al Emperador a través de la Ley del 25 de Enero de 1862; en ella, los defensores no sólo argumentan sino que comprueban fehacientemente, que dicha ley era privativa y aplicable -la condena de muerte- a individuos que pertenecieran al ejército de la nación, no a extranjeros.
Además, por si esto fuera poco, la ley arriba referida es imputada al Emperador como un delito político siendo que la pena de muerte se encontraba abolida en todo género de delitos de acuerdo a la Constitución de 1857. Finalmente, el acusado fue sujeto a proceso por un Tribunal Militar, en el que, a excepción del Presidente de la República, los oficiales encargados, contravenían la norma legal al poseer grados inferiores en el ejército de la República.
Para los defensores, el haber luchado en contra del Gobierno de Juárez no era una afrenta, sino una honra como profesionales y juristas; respetar las leyes y aplicarlas correctamente, fue una constante por la que muchos mexicanos habían derramado su sangre para conformar una Nación fuerte y justa, de acuerdo con los principios jurídicos universales.
En este tenor, son impactantes las declaraciones respecto a la Ley referida de 1862 (cabe mencionar que se copió tal cual): “¡Ley, á nuestro juicio, cruel y sanguinaria, que choca con el filantrópico principio de la Constitución!”. De igual manera, se demuestra cómo el Emperador Maximiliano fue juzgado erróneamente, por haber sido jefe de un gobierno establecido contrario a los principios de la Constitución de 1857 por los delitos de: Usurpador del poder público, enemigo de la independencia y seguridad de la Nación, perturbador del órden y la paz pública, conculcador del derecho de gentes y de las garantías individuales…cada uno de ellos desechados metódica y jurídicamente en su defensa.
Sin duda alguna, el Emperador europeo vino a nuestro país engañado por una supuesta Junta de Notables en la que le entregaron el país y lo convencieron para gobernarlo y lo condenaron por ello, pero ¿Qué no fue una Junta de Notables la que dio origen a la Constitución de 1843?¿Que no fue una Junta de Notables la que proclamó en 1855 la rebelión contra Santa Anna y encumbró a Juan Álvarez?
No sabemos qué habría pasado con el país si se exoneraba a Maximiliano como todas las naciones y personajes célebres querían. El presidente Juárez mostró su temple y no dudó en hacer lo que creía mejor para la Patria. Ahí quedan las palabras de un Emperador que murió por las constantes diferencias entre liberales y conservadores: “…perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir á la paz y prosperidad de mi nueva patria…Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”
MEMORANDUM Sobre el Proceso del Archiduque
Fernando Maximiliano de Austria
Mariano Riva Palacio y Rafael Martínez de la Torre
Imprenta de F. Díaz de León y S. White
1867
sábado, 2 de noviembre de 2013
Aureliano Urrutia. Del crimen político al exilio. Cristina Urrutia nos transporta a la vida de quien fuera por poco tiempo Secretario de Gobernación en uno de los periodos más difíciles de la historiografía nacional, el gobierno del General Victoriano Huerta.
En tres meses como encargado de la Secretaría (de mediados junio a mediados de septiembre de 1913), Aureliano Urrutia Sandoval, ha sido vituperado por haber sido, según las diversas crónicas urbanas, el responsable de varias muertes de personajes ilustres como Belisario Domínguez y Serapio Rendón.
Sin embargo, la nieta de este distinguido personaje, a lo largo de la obra, no busca una exoneración por tales sucesos, simplemente reúne las piezas del rompecabezas y expone cómo a través de ‘la mala fama’ de Huerta, todos los secretarios de su gobierno, algunos muy loables, fueron marcados por las acciones del general porfirista.
El caso de Urrutia Sandoval es singular ya que si bien colaboró de cerca con Victoriano Huerta, sus acciones en un breve tiempo fueron importantes para la vida de este país. Al ser médico de profesión, se distinguió por ser uno de los médicos cirujanos más eminentes que este país ha producido, al grado de haber sido el primer médico a nivel mundial que separó a dos siamesas en 1917; además de ello, la comunidad universitaria y médica, nunca olvidaría sus aportes a la enseñanza y la conducción de la escuela de Medicina más alta de este país.
Por otro lado, como servidor público, sus acciones a favor de la higiene y sanidad en la capital y en el país, fueron de gran valía en una sociedad en la que las enfermedades y el poco interés en las materias, provocaban muertes prevenibles.
La autora nos transporta a las discusiones de Urrutia con ‘su compadre’, el General Huerta, así como sus diferentes formas de hacer política. En tanto el médico, creía en la línea dura para apaciguar los desórdenes producidos por Madero, Huerta extralimitó esa postura y no supo cómo actuar ante el constante asecho de los norteamericanos quienes nunca validaron su gobierno; además se menciona que el ex presidente, perdió el rumbo político. Por su parte, Urrutia siempre coincidió con Justo Sierra en que la educación sería la única vía de desarrollo para este país.
La vida personal del doctor Aureliano Urrutia se ve empañada por los fantasmas que le rodean sobre su posible involucramiento en las muertes de quienes no pensaban como el régimen que representó. Sin embargo, una vez en el exilio -en San Antonio, Texas-, logró trascender como el gran médico que fue y pese a su cariño a la Patria y a su querido Xochimilco, nunca pudo regresar debido a los procesos en su contra.
Casado en cinco ocasiones y con una descendencia numerosa, murió en 1975 a la edad de 103 años de edad; hombre prolífico que creyó en la mano dura para pacificar al país, es sin duda uno de los hombres que la historiografía oficial ha relegado por rumores y datos que siguen siendo inciertos, lo que lo ha llevado al olvido en las grandes páginas de la Historia Nacional.
Aureliano Urrutia. Del crimen político al exilio
Cristina Urrutia Martínez
Tusquets Editores
2008, 330 pp.
En tres meses como encargado de la Secretaría (de mediados junio a mediados de septiembre de 1913), Aureliano Urrutia Sandoval, ha sido vituperado por haber sido, según las diversas crónicas urbanas, el responsable de varias muertes de personajes ilustres como Belisario Domínguez y Serapio Rendón.
Sin embargo, la nieta de este distinguido personaje, a lo largo de la obra, no busca una exoneración por tales sucesos, simplemente reúne las piezas del rompecabezas y expone cómo a través de ‘la mala fama’ de Huerta, todos los secretarios de su gobierno, algunos muy loables, fueron marcados por las acciones del general porfirista.
El caso de Urrutia Sandoval es singular ya que si bien colaboró de cerca con Victoriano Huerta, sus acciones en un breve tiempo fueron importantes para la vida de este país. Al ser médico de profesión, se distinguió por ser uno de los médicos cirujanos más eminentes que este país ha producido, al grado de haber sido el primer médico a nivel mundial que separó a dos siamesas en 1917; además de ello, la comunidad universitaria y médica, nunca olvidaría sus aportes a la enseñanza y la conducción de la escuela de Medicina más alta de este país.
Por otro lado, como servidor público, sus acciones a favor de la higiene y sanidad en la capital y en el país, fueron de gran valía en una sociedad en la que las enfermedades y el poco interés en las materias, provocaban muertes prevenibles.
La autora nos transporta a las discusiones de Urrutia con ‘su compadre’, el General Huerta, así como sus diferentes formas de hacer política. En tanto el médico, creía en la línea dura para apaciguar los desórdenes producidos por Madero, Huerta extralimitó esa postura y no supo cómo actuar ante el constante asecho de los norteamericanos quienes nunca validaron su gobierno; además se menciona que el ex presidente, perdió el rumbo político. Por su parte, Urrutia siempre coincidió con Justo Sierra en que la educación sería la única vía de desarrollo para este país.
La vida personal del doctor Aureliano Urrutia se ve empañada por los fantasmas que le rodean sobre su posible involucramiento en las muertes de quienes no pensaban como el régimen que representó. Sin embargo, una vez en el exilio -en San Antonio, Texas-, logró trascender como el gran médico que fue y pese a su cariño a la Patria y a su querido Xochimilco, nunca pudo regresar debido a los procesos en su contra.
Casado en cinco ocasiones y con una descendencia numerosa, murió en 1975 a la edad de 103 años de edad; hombre prolífico que creyó en la mano dura para pacificar al país, es sin duda uno de los hombres que la historiografía oficial ha relegado por rumores y datos que siguen siendo inciertos, lo que lo ha llevado al olvido en las grandes páginas de la Historia Nacional.
Aureliano Urrutia. Del crimen político al exilio
Cristina Urrutia Martínez
Tusquets Editores
2008, 330 pp.
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