¿Más partidos políticos, mayor democracia?
Por David A. Figueroa Hernández
Nuestro país contiene una historia enriquecedora desde cualquier punto de vista, ya sea económico, político, social y cultural; sin duda que el actual status quo que vivimos es el resultado de años de historia, para bien o para mal.
La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos así como el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe), enmarcan los requisitos que cualquier agrupación de individuos deberán cumplir para crear un partido político. Para muchas personas, en México existen ya muchos partidos y la creación de algunos más solamente puede ser más problemático y hasta confuso. Sin embargo, el problema no son los partidos políticos sino lo que hay detrás de ellos.
En primer lugar se establece –por ley- que: “Los partidos políticos tienen como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la representación nacional y como organizaciones de ciudadanos, hacer posible el acceso de éstos al ejercicio del poder público, de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan y mediante el sufragio universal, libre, secreto y directo…”. Esto es, que deben contribuir específicamente a fomentar los valores democráticos para poder accesar al poder público y la realidad es que sólo la segunda instancia es lo importante para ellos.
Por otra parte, los partidos políticos nacionales (todos los conocemos; impropio sería mencionarlos) se han acogido a sus lineamientos, estatutos e ideologías para aparecer en la escena política cada tres o seis años; algunos solamente para conservar el registro y otros más, los más grandes, para inundar con guerras electorales a la ciudadanía muchas veces fomentando las prácticas insanas e ilegales con el único fin de ganar escaños en el Congreso, en las diputaciones locales, en los ayuntamientos, alcaldías, gobierno estatal o la misma Presidencia de la República.
El asunto en nuestro país es delicado ya que si bien no han mejorado al interior y al exterior muestras agrupaciones políticas, ahora existe (más que antes) la tentación por evadir la ley y hasta resultar en un paraíso fiscal ya sea para ‘lavar dinero’ o para refugiar los actos de la delincuencia organizada. Hemos visto algunos ejemplos de la primera en las últimas campañas y esperamos que no sea una constante la segunda.
En el habituarlo ciudadano existe la mala visión de tener más partidos políticos ya que, como hemos mencionado, no han resarcido su deuda pendiente con la sociedad. No obstante, el problema no radica en cuántos partidos políticos tenemos o cuántos podrían participar en los procesos electorales locales y federales, el problema radica en otro tipo de cuestiones más delicadas aún:
• Las grandes cantidades de dinero que cada año y cada proceso electoral se destinan para los actos político-electorales de las instituciones, resultan en un insulto para un país que posee 60% de pobres y de ellos, 40% viviendo en extrema pobreza. Cada año la democracia es más cara y la efectividad, precaria;
• Las campañas políticas se reducen solamente a difundir propaganda y establecer un marketing político mediático en el que las grandes urbes sufren con la basura electoral y los ciudadanos se molestan por la incansable publicidad en todos los medios existentes;
• No hay estudios que comprueben que en cada elección, sea necesario desembolsar más dinero para los partidos; los diputados como resultado de ese mismo proceso, aceptan que el círculo vicioso se reproduzca. Creen que gastando más, la elección será más efectiva. No es así;
• El desaseo de los presupuestos al interior de los partidos es por todos los ciudadanos conocido. Se deben contemplar partidos políticos efectivos y no tan caros (de acuerdo con esta visión, deberían existir menos partidos políticos);
• La transparencia de los recursos así como el acceso a la información por parte de los ciudadanos, apenas inicia con las reformas aprobadas en materia de transparencia y ello podrá originar que los partidos políticos saneen sólo un poco sus finanzas al exterior. Somos positivos, creemos que sí se puede confiar en nuestras instituciones político-electorales.
Es difícil pensar que con el registro de nuevos partidos políticos el panorama nacional va a cambiar; sin embargo, la partidocracia mexicana ha derivado en una plutocracia cínica en la que los dirigentes políticos se han enriquecido a costa de la democracia y de la esperanza de la ciudadanía.
Finalmente, no hay que temer a más partidos políticos (en Italia, se han registrado hasta 101 partidos políticos para una elección), hay que fiscalizar con detenimiento el gasto y exigir su correcto uso; hacer valer el Estado de Derecho como votante, como ciudadano y como mexicano; exigir rendición de cuentas así como candidatos preparados para cada puesto, sólo así comenzaremos una nueva etapa en la que los partidos políticos se conviertan realmente en aparatos que difundan el civismo, los valores democráticos y el respeto a la ley. Esta es la verdadera cultura democrática que se debe vivir día con día y no reducirse a un voto en tiempos de elección.
domingo, 20 de abril de 2014
La Biblioteca de David recomienda…
Sebastián Lerdo de Tejada. Lectura apta solo para interesados en la historia de México y que deseen adentrarse en un periodo presidencial muchas veces desconocido y mal juzgado por la historiografía oficial; es el recuento de una profusa investigación hecha por Frank A. Knapp quien, basado en fuentes bibliográficas, hemerográficas y testimoniales de primera mano, nos lleva de la mano a reconocer las grandes aportaciones de este personaje muchas veces ignorado e incomprendido: Sebastián Lerdo de Tejada.
Hombre digno de una altivez y disciplina pocas veces vistas en un mandatario mexicano, Lerdo de Tejada ha sido víctima de dos sombras políticas poderosas: Benito Juárez y Porfirio Díaz. No obstante, su periodo presidencial posee varias aristas que definieron la dictadura porfiriana y el México contemporáneo.
En primera instancia, es menester mencionar que además de haber sido Presidente de la República, Sebastián Lerdo de Tejada posee una envidiable trayectoria académica en materia jurídica, primero como estudiante jesuita y, posteriormente, como alumno y rector del Colegio de San Ildefonso. Esto sin duda influyó en él para no olvidar los rígidos estándares que practicaba día con día.
Hijo de una familia numerosa, Lerdo de Tejada siempre tuvo como modelo a su propio hermano, Miguel, a quien poco se le reconoce en los últimos gobiernos santanistas y a quien mucho se le debe en la redacción de la legislación que se implementó en la época como fueron las Leyes de Reforma y la de la Constitución de 1857.
El estudio del derecho y el irrestricto apego a la disciplina que siempre lo acompañó. En este sentido, hay que recordar que, al lado de Juárez durante el gobierno itinerante de la intervención francesa, las decisiones jurídicas y muchas también políticas, aunque salieron de la boca de Juárez, se sabe que fueron ideadas por el estadista veracruzano.
Como el ejemplo anterior, el autor también nos proporciona datos de fuentes certeras que nos llevan a degustar hoja por hoja, los pasajes personales y profesionales, tales como su infancia donde su familia y la de don Antonio López de Santa Anna eran vecinos; por otro lado, las peripecias que vivió como joven y que, en muchos casos el haber sido un esclavo de los estudios a temprana edad, hicieron de él un “inspector Javert” (parodiando la referencia de Knapp con Los Miserables de Víctor Hugo) que lo condujeron a convertirse en un mexicano impecable.
Su estadía en el Ejecutivo federal a la muerte de Juárez, lo llevó a impulsar grandes desarrollos para el país. En primera instancia, las dos primeras líneas del ferrocarril, transporte de cuya importancia –decía- era fundamental para el desarrollo de México y había que aprovechar la coyuntura acerera en los Estados Unidos comunicando al nuestro para que el comercio y el transporte de personas, nos llevara a lo que más tarde veríamos “con pompa y platillo” en el Porfiriato.
Sin embargo, para que los grandes desarrollos tuvieran cabida, era necesario tener contar con finanzas sanas, cosa que no había sucedido en el país. Para ello, tuvo que reordenar los impuestos así como apostar a otros sectores como la educación y la libertad de prensa y expresión, para que México pudiera accesar a una vida moderna como cualquier otra metrópoli del mundo. ¿Acaso no fue esa la visión de los científicos durante el régimen de Porfirio Díaz ya para el año 1900? Al final, los segundos lo conquistarían aunque las bases estaban sentadas años atrás con don Sebastián.
Siempre testigo responsable de los hechos que lo conducirían a la máxima silla del país, Lerdo de Tejada intentó reelegirse para continuar sus proyectos, aspecto que fue aprovechado por Díaz para infligir su revuelta y evitar que se pisoteara la Constitución de 1857 y que, a propósito y el acertado comentario, él tampoco respetaría.
Sin poder negociar su permanencia como al frente del ejecutivo y salir exiliado hacia Nueva York, Lerdo de Tejada reprocharía al presidente de la Suprema Corte de Justicia de entonces, José Ma. Iglesias, no lo apoyara en su camino por la reelección y éste buscara su propio andamiaje en aras de conseguir la presidencia y; al mismo tiempo, también lamentaría la avidez de poder de Porfirio Díaz, quien había logrado aprovechar el momento y ganar la partida. Al final, Díaz y Lerdo se reconciliarían aunque el jurista no volvió al país más que en su féretro cuando la muerte lo alcanzó en 1889.
El legado de este veracruzano con sangre española en sus venas, fue sin duda alguna su honradez, su disciplina y su gran amor a la patria en momentos en los que los hombres fácilmente cambiaban su bandera política por unos cuantos pesos o por favores militares y/o políticos.
Esta lectura desmitifica, revive y lleva al pedestal de las grandes figuras nacionales a don Sebastián Lerdo de Tejada, un brillante estadista para quien no fueron suficientes cuatro años de gobierno pero sobre los que el progreso nacional se vería consumado décadas después pero bajo otra bandera: la de Porfirio Díaz.
Sebastián Lerdo de Tejada
Frank A. Knapp
Universidad Veracruzana/INEHRM/SEP
2011, 491 pp.
Sebastián Lerdo de Tejada. Lectura apta solo para interesados en la historia de México y que deseen adentrarse en un periodo presidencial muchas veces desconocido y mal juzgado por la historiografía oficial; es el recuento de una profusa investigación hecha por Frank A. Knapp quien, basado en fuentes bibliográficas, hemerográficas y testimoniales de primera mano, nos lleva de la mano a reconocer las grandes aportaciones de este personaje muchas veces ignorado e incomprendido: Sebastián Lerdo de Tejada.
Hombre digno de una altivez y disciplina pocas veces vistas en un mandatario mexicano, Lerdo de Tejada ha sido víctima de dos sombras políticas poderosas: Benito Juárez y Porfirio Díaz. No obstante, su periodo presidencial posee varias aristas que definieron la dictadura porfiriana y el México contemporáneo.
En primera instancia, es menester mencionar que además de haber sido Presidente de la República, Sebastián Lerdo de Tejada posee una envidiable trayectoria académica en materia jurídica, primero como estudiante jesuita y, posteriormente, como alumno y rector del Colegio de San Ildefonso. Esto sin duda influyó en él para no olvidar los rígidos estándares que practicaba día con día.
Hijo de una familia numerosa, Lerdo de Tejada siempre tuvo como modelo a su propio hermano, Miguel, a quien poco se le reconoce en los últimos gobiernos santanistas y a quien mucho se le debe en la redacción de la legislación que se implementó en la época como fueron las Leyes de Reforma y la de la Constitución de 1857.
El estudio del derecho y el irrestricto apego a la disciplina que siempre lo acompañó. En este sentido, hay que recordar que, al lado de Juárez durante el gobierno itinerante de la intervención francesa, las decisiones jurídicas y muchas también políticas, aunque salieron de la boca de Juárez, se sabe que fueron ideadas por el estadista veracruzano.
Como el ejemplo anterior, el autor también nos proporciona datos de fuentes certeras que nos llevan a degustar hoja por hoja, los pasajes personales y profesionales, tales como su infancia donde su familia y la de don Antonio López de Santa Anna eran vecinos; por otro lado, las peripecias que vivió como joven y que, en muchos casos el haber sido un esclavo de los estudios a temprana edad, hicieron de él un “inspector Javert” (parodiando la referencia de Knapp con Los Miserables de Víctor Hugo) que lo condujeron a convertirse en un mexicano impecable.
Su estadía en el Ejecutivo federal a la muerte de Juárez, lo llevó a impulsar grandes desarrollos para el país. En primera instancia, las dos primeras líneas del ferrocarril, transporte de cuya importancia –decía- era fundamental para el desarrollo de México y había que aprovechar la coyuntura acerera en los Estados Unidos comunicando al nuestro para que el comercio y el transporte de personas, nos llevara a lo que más tarde veríamos “con pompa y platillo” en el Porfiriato.
Sin embargo, para que los grandes desarrollos tuvieran cabida, era necesario tener contar con finanzas sanas, cosa que no había sucedido en el país. Para ello, tuvo que reordenar los impuestos así como apostar a otros sectores como la educación y la libertad de prensa y expresión, para que México pudiera accesar a una vida moderna como cualquier otra metrópoli del mundo. ¿Acaso no fue esa la visión de los científicos durante el régimen de Porfirio Díaz ya para el año 1900? Al final, los segundos lo conquistarían aunque las bases estaban sentadas años atrás con don Sebastián.
Siempre testigo responsable de los hechos que lo conducirían a la máxima silla del país, Lerdo de Tejada intentó reelegirse para continuar sus proyectos, aspecto que fue aprovechado por Díaz para infligir su revuelta y evitar que se pisoteara la Constitución de 1857 y que, a propósito y el acertado comentario, él tampoco respetaría.
Sin poder negociar su permanencia como al frente del ejecutivo y salir exiliado hacia Nueva York, Lerdo de Tejada reprocharía al presidente de la Suprema Corte de Justicia de entonces, José Ma. Iglesias, no lo apoyara en su camino por la reelección y éste buscara su propio andamiaje en aras de conseguir la presidencia y; al mismo tiempo, también lamentaría la avidez de poder de Porfirio Díaz, quien había logrado aprovechar el momento y ganar la partida. Al final, Díaz y Lerdo se reconciliarían aunque el jurista no volvió al país más que en su féretro cuando la muerte lo alcanzó en 1889.
El legado de este veracruzano con sangre española en sus venas, fue sin duda alguna su honradez, su disciplina y su gran amor a la patria en momentos en los que los hombres fácilmente cambiaban su bandera política por unos cuantos pesos o por favores militares y/o políticos.
Esta lectura desmitifica, revive y lleva al pedestal de las grandes figuras nacionales a don Sebastián Lerdo de Tejada, un brillante estadista para quien no fueron suficientes cuatro años de gobierno pero sobre los que el progreso nacional se vería consumado décadas después pero bajo otra bandera: la de Porfirio Díaz.
Sebastián Lerdo de Tejada
Frank A. Knapp
Universidad Veracruzana/INEHRM/SEP
2011, 491 pp.
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